(Rocío que cae del cielo)

EL AUTO DE FE EN YUCATÁN

Por Atilano A. Ceballos Loeza

Una razón por la cual decidimos sembrar U Yits Ka’an en Maní era para intentar ofrecer un rostro diferente de iglesia, uno más humano y evangélico, frente a aquél que la historia registró a partir de este controversial episodio. Establecernos en Maní fue una decisión de fe.  

El auto de fe de Maní es, quizá, el más sonado capítulo negro en la historia de la Colonia en estas tierras mayas; sin embargo, en el libro “Don Diego de Quijada Alcalde Mayor de Yucatán 1561-1565” publicado por France V. Scholes y Eleanor B. Adams en dos tomos, podemos encontrar que esta persecución se extendió por varios otros pueblos de Yucatán, especialmente del sur y centro. Los castigos infligidos en ese entonces son más que estremecedores: cera ardiendo en el cuerpo de los penitentes; colgados de manos y atadas a sus pies pesadas piedras; montados de una especie de torniquete donde les hacían girar vertiginosamente y cuando caían al suelo se les obligaba a beber abundante agua para posteriormente brincar sobre sus hinchadas barrigas; pagos e impuestos, cepos y cárcel, entre otros muchos e inhumanos castigos.

Este capítulo negro en la historia de la comunidad, ha sido comentado por numerosos historiadores y novelistas en distintos foros y publicaciones. Eduardo Galeano (+), escritor comprometido uruguayo, cuando describe este episodio en su galardonado libro “Patas Arriba”, lo presenta como un intento de destruir la memoria histórica de la raza maya. Dice textualmente: “Fray Diego de Landa arrojó a las llamas los libros mayas, queriendo incendiar la memoria indígena”. Esta opinión está más que justificada, ya que el mismísimo historiador franciscano Diego López de Cogolludo, en su “Historia de Yucatán”, dice al final del apartado en que narra este Auto de Fe: “Con el recelo de esta idolatría, hizo juntar todos los libros y caracteres antiguos, que los indios tenían, y por quitarles toda ocasión y memoria en sus antiguos ritos; y cuantos se pudieron hallar se quemaron públicamente el día del auto, y a las vueltas con ellos sus historias de sus antigüedades…”.

Hay quienes sostienen que Diego de Landa, aunque tuvo acceso a los libros y Códices Indígenas antes de incinerarlos, nunca supo interpretarlos ni leerlos siquiera, ya que, hasta nuestros días –nos referimos a los códices que se han logrado conservar– no se ha podido conocer del todo su contenido, mucho menos en aquella época; aun cuando Landa haya aprendido el idioma de los mayas y perfeccionado un método de aprendizaje de dicho idioma. Tal es la opinión que Joseph Martín Walker sostiene en su “Historia de la Inquisición Española”.

El mismo fraile Diego de Landa, escribió en su “Relación de las Cosas de Yucatán”, (Cap. XVII): “Se celebró un Auto de Fe en que se pusieron muchos cadalsos encorazados. Muchos indios fueron azotados y trasquilados y algunos ensambenitados por algún tiempo; y otros, de tristeza, engañados por el demonio, se ahorcaron, y en común mostraron todos mucho arrepentimiento…”.

Otros historiadores, como Diego López de Cogolludo nos refiere lo siguiente: “Había en el convento de Maní un indio llamado Pedro Ché, que era portero. A este le dio un domingo ganas de salir por el pueblo a cazar conejos… salió por las calles y los perrillos, que con el indio iban llevados del olor, entraron a una cueva, y sacaron arrastrando un venado pequeño, acabado de matar y arrancado el corazón. El indio admirado, entró donde los perrillos salieron, y por el olor del sahumerio de copal llegó al interior de la cueva, donde unos altares y mesas muy compuestas, con muchos ídolos que con la sangre del venado, que aún estaba fresca, habían rociado…”.

En el Apéndice VII de la “Historia de Yucatán” de Diego López de Cogolludo, se encuentra inserto el juicio que de Diego de Landa hace el abate Brausseur de Bourbourg: “Fray Diego de Landa, que ha pasado como santo ilustrado entre los frailes de esta provincia, no era sino un hombre fanático, extravagante y de corazón duro que rayaba a cruel… Landa vio signos cabalísticos, en libros que no pudo comprender; invocaciones al demonio, en los anales de estos dilatados reinos; y rasgos de gentilidad en los repertorios de una historia, por mil títulos preciosa… Mucho hemos trabajado por conseguir un dato que nos aproximase a saber cuáles serían los monumentos en que desarrolló tan poca ilustrada piedad el reverendísimo Landa… De unos apuntes de Pablo Moreno y una carta del jesuita D. Domingo Rodríguez al Sr. Estévez, fechada en Bolonia a 20 de Marzo de 1805, podemos, sin otra autoridad… ofrecer… la siguiente apuntación de los efectos, destrozados unos y quemados otros: 5,000 ídolos de distintas formas y dimensiones. 13 piedras grandes, que servían de altares. 22 piedras pequeñas de varias formas. 27 rollos de signos y jeroglíficos en piel de venado y 197 vasos de todas dimensiones y figuras. Se habla de otras preciosidades; pero de ellas no tenemos noticias…”. Y concluye la sentencia del abate diciendo: “Sin saber de qué admirarnos más, si del estúpido fanatismo del pseudo inquisidor, o de la criminal convivencia con el alcalde mayor…”.

El estudio realizado por el desaparecido D. José Díaz-Bolio en su “El alfabeto Maya de Landa y los Libros quemados en Maní”, señala que la decisión de quemar los libros se debió a las supersticiones contenidas en ellos, “y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedad del demonio se lo quemamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena”. Este mismo autor yucateco defiende a Landa diciendo que en Europa no sólo se quemaban los libros heréticos, sino a sus autores; en Maní en cambio, no se quemaron personas. También señala que el Auto de Fe de Maní se hizo para escarmentar a quienes habían vuelto o podrían volver a la idolatría, y que con toda seguridad los libros quemados tenían representaciones de víboras de cascabel, ya que se utilizaba mucho este simbolismo. Hipotéticamente, señala el mismo autor, los libros quemados se clasificarían de la siguiente manera: Libros de historia. Libros de ciencias. Libro de artes (dibujo, arquitectura, cerámica y textiles) y Libros de horóscopos.

Conservar la memoria, obligarnos a recordar, es parte del compromiso que hemos asumido, desde la Escuela U Yits Ka’an, de velar porque tales atrocidades no se repitan. Los autos de fe, establecidos en la iglesia católica hace muchos años, fueron una forma de control y vasallaje hacia las comunidades colonizadas, y particularmente hacia las personas que pensaban y profesaban una fe distinta. Se trata de una forma de nulificar al otro, al distinto, al diferente, una manera de destrucción de la alteridad.

La tarde del 13 de abril de 2009, junto a los frailes franciscanos de la Provincia de San Felipe de Jesús, nos arrodillamos frente al templo de San Miguel Arcángel de Maní Yucatán, para pedir perdón. Así inicia el texto que nos compartieron los frailes ese día: “Nosotros, Hermanos Menores del siglo XXI, pedimos PERDÓN: Pedimos perdón al pueblo maya, por no haber entendido su cosmovisión, su religión, por negar sus divinidades; por no haber respetado su cultura, por haberle impuesto durante muchos siglos una religión que no entendían, por haber satanizado sus prácticas religiosas y haber dicho y escrito que eran obra del demonio y que sus ídolos eran el mismo Satanás materializado”.

Hasta donde tengo memoria ninguna autoridad religiosa de esta Arquidiócesis ha pedido perdón por esta barbarie. ¿Cuándo lo harán?

Finalmente, hemos de velar porque ninguna otra institución imponga sus creencias, mucho menos con violencia. Y recordar las palabras del abuelo Francisco, quien desde Roma impulsa un nuevo rostro para nuestra iglesia: “Considero imprescindible realizar esfuerzos para generar espacios institucionales de respeto, reconocimiento y diálogo con los pueblos nativos asumiendo y rescatando la cultura, lengua, tradiciones, derechos y espiritualidad que les son propias… Los pueblos indígenas han heredado y practican culturas y formas únicas de relacionarse con la gente y el medio ambiente. Necesitamos que los pueblos originarios moldeen culturalmente las Iglesias locales amazónicas… Que puedan plasmar una Iglesia con rostro indígena” (Discurso en Puerto Maldonado).